La cordillera de los Andes es el acelerador de agua más importante de Argentina. Desde sus cumbres, que superan los 6.000 metros, el deshielo alimenta ríos que descienden cientos de metros en pocos kilómetros, creando algunos de los tramos de aguas bravas más técnicos y espectaculares de Sudamérica.
Los ríos andinos: personalidades distintas
El Río Manso es, probablemente, el río más famoso del canotaje argentino. Alimentado por el deshielo cerca de Bariloche, ofrece un continuo de tramos desde el grado II hasta el IV. El Manso a la frontera, que cruza hacia la vertiente del Pacífico entre bosques y cañones, es un espectáculo además de un desafío para el palista.
El Aluminé, en Neuquén, ofrece una combinación de tramos técnicos en su cabecera y tramos más accesibles en su parte media, entre bosques de araucarias. Sus aguas turquesas lo convierten en uno de los entornos más hermosos del país.
En Cuyo, los ríos Mendoza, Atuel y Diamante descienden de las cumbres más altas de América entre cañones de roca desértica, con un carácter potente y exigente muy distinto al de los ríos patagónicos.
La particularidad del agua de deshielo
El agua de los ríos andinos en primavera y principios de verano viene directamente de la nieve y los glaciares. Su temperatura ronda los 4-8 grados Celsius. Un volteo en estas condiciones pone en riesgo de choque termal e incapacitación rápida.
El traje de neopreno de al menos 3 milímetros es equipamiento obligatorio, no opcional, cuando se navegan estos ríos en temporada de deshielo.
Temporadas y caudales
El mejor momento para el canotaje de aguas bravas en los Andes depende del objetivo. Los palistas que buscan potencia navegan en noviembre-diciembre, con el deshielo en su momento álgido. Los que prefieren la precisión técnica sobre la potencia bruta eligen enero-febrero, con caudales más bajos.
